LA INTOLERANCIA: ¿UNA FORMA DE VIDA?

La intolerancia entendida como sinónimo de sectarismo, terquedad, obstinación y testarudez, es habitual. Estamos adaptándonos para convivir con esa errada manera de proceder que revela severas carencias emocionales. Sin duda, otra demostración de la indiferencia que tanto nos caracteriza.

Formamos parte de un contexto social con un desenvolvimiento equivocado y un desempeño poco inteligente. Lo que es peor aún, con resignación y enmudecidos, aceptamos la intensa atmósfera de intolerancia que afecta la relación humana. Me preocupa cómo aceleradamente se contagia y propala, en los más variados escenarios, perturbando nuestra calidad de vida. Al parecer, está en nuestro ADN.

Podría hacer un extenso listado de las innumerables situaciones cotidianas indicativas de la creciente intolerancia. Cada vez es más reducida nuestra capacidad para entender y aceptar al semejante. Estamos en un proceso que degrada nuestra supervivencia; no obstante, poco o nada hacemos para revertir este entorno lacerante. De una u otra forma, somos parte de un círculo vicioso que ha dejado de merecer repulsa.

Lo observamos en las acaloradas discusiones de parejas o entre padres e hijos, en donde la prepotencia de la máxima autoridad impone su determinación; en empresas en las que el jefe se considera dueño absoluto de la verdad y no admite discrepancias; en el acontecer político resulta innegable la poca destreza para cohabitar con el adversario; hasta en las colas en los supermercados percibimos reacciones altisonantes. El flamante “estrés”, del que todos decimos ser víctimas, es el subterfugio ideal para justificar la escasez de condescendencia.

Es conveniente analizar el círculo vicioso producido por la intolerancia. Para empezar, está relacionada con la inexistencia de inteligencia emocional, la que facilita comprender los sentimientos de los demás, sobrellevar las presiones y frustraciones laborales, acentuar nuestra capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática. Ésta es la convergencia de las inteligencias interpersonal e intrapersonal y se traduce en la amplitud para reconocer las propias emociones. De esta manera, allana el manejo del estrés y la resolución de problemas.

Asimismo, está vinculada con la ausencia de apertura. El afán por considerarnos “dueño de la verdad”, sin distinción de sexo, edad y estatus, indica el elevado nivel de intolerancia. Influye en este nefasto obrar la falta de una vocación democrática para asumir como válido el pensamiento y la opción del prójimo. Es decir, no está distanciada de la privación de empatía; esta extraordinaria facultad colocarlos en los “zapatos” de nuestro interlocutor con la finalidad de entenderlo a pesar de nuestras diferencias. De este modo, se fomenta el conocimiento y la interiorización de las habilidades sociales y, por lo tanto, es una herramienta importante para combatir la inexistencia de tolerancia.

Existen personas a quienes es inconveniente desarrollar esta facultad por cuanto estarían obligadas a asumir una respuesta comprensiva en situaciones en las que es más fácil responder con agresión, alteración y ofuscamiento. Al mismo tiempo, la conducta enfurecida genera temor y algunos individuos -huérfanos de autocontrol- buscan eso, como un mecanismo defensivo, para evitar someterse al escrutinio censor de su medio. Es frecuente en padres de familia, funcionarios, profesores, etc. Así lo prueba una mirada imparcial del comportamiento humano.

En tal sentido, reitero lo aseverado en mi artículo “La tolerancia en la etiqueta”: “…Aun cuando nos cueste trabajo admitirlo debiéramos reconocer que formamos parte de una comunidad donde la comprensión y benevolencia no están insertadas en nuestra conducta diaria. Lo podemos verificar al acudir a una reunión social y observar el comportamiento de damas y caballeros durante la conversación de asuntos que apasionan o enfrentan como política y deportes, etc. También, lo vemos en los medios de prensa que, supuestamente, poseen lucidez, objetividad y serenidad para encausar la opinión ciudadana”.

La intolerancia hiere nuestra condición de seres racionales, obstaculiza la coexistencia social, agudiza las confrontaciones existentes y destapa nuestra primitiva actuación. Desde mi punto de vista, es como la punta de un “iceberg” que, en este caso, grafica la dimensión de nuestra estrechez interna. Es lamentable confirmar la insolvencia humana para contemplar con consideración al prójimo e incorporar el entendimiento, la anuencia, las buenas formas, la urbanidad, la cortesía y la pluralidad como elementos encaminados a hacer viable y apacible la vida.

Por último, recomiendo con espíritu reflexivo y, especialmente, con la esperanza de comprometernos con los versados vocablos del lúcido pacifista, pensador y líder de la independencia de la India, Mahatma Gandhi: “No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor». El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”.

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Redactado por Wilfredo Pérez, Co-editor Magazine Global Mindset, docente, consultor en organización de eventos, protocolo, imagen profesional y etiqueta social.

16  de Mayo 2022,  Perú
Categoría: Ética de negocios
Referencia: WP16052022EN

Fotografía: Antonio Janeski

“Somos una empresa de desarrollo de capacidades que conecta valores, culturas, organizaciones, individuos y sociedades en todo el mundo”

¿QUÉ SON LOS VALORES CORPORATIVOS?

Los valores constituyen un punto obligado de aprendizaje e interiorización si anhelamos salir de tan lacerante crisis moral. Son adquiridos durante nuestra vida por influencia del sistema educativo y el entorno. Según como fueron recibidos pueden ser estables y permanentes en el tiempo. A determinada edad definimos los que regirán nuestras acciones, a partir de un proceso de reflexión.

Al aplicarlos se transforman en un hábito y, consecuentemente, en una virtud destinada a propiciar una coexistencia armónica. Evitemos compararlos con una “camisa de fuerza” que impide el pleno y libre desenvolvimiento. Todo lo contrario: contribuyen a encaminar nuestro cometido dentro de un conjunto de parámetros de convivencia con la comunidad en la que interactuamos.

Los “valores corporativos” son parte de la cultura organizacional y delimitan los aspectos y las ventajas comparativas que guiarán su desarrollo. Es decir, muestran sus creencias de manera compartida, estipulan el comportamiento de sus integrantes y se orientan en concordancia con sus planes de actuación.

Su establecimiento proporciona cualidades internas y externas; ayudan a comprobar si van por el camino correcto para alcanzar sus objetivos; tienen vital trascendencia en la imagen del negocio. Estos principios rectores deben estar expresados en su visión, misión y reflejarse en sus políticas. Representan una especie de “columnas vertebrales”; convendría que sean claros, de aplicación obligatoria, fácil implementación y explicados en los procesos de inducción y capacitación. Su utilidad compromete a todos sus miembros.

Existen los “valores corporativos” de empresa, de empleados y del producto o servicio. El primero, son los adoptados por la organización como entidad; el segundo, corresponde a la conducta de los integrantes de la institución; el tercero, hace referencia a las características de sus bienes o servicios.

No obstante, en ocasiones son concebidos como un conjunto de vocablos declarativos, simbólicos, carentes de trascendencia y que, únicamente, están enmarcados en un cuadro en las oficinas, expuestos en memorias anuales y acogidos en función de coyunturas, estamos anímicos o intereses. Incluso se exige su cumplimiento a ciertas instancias en contradicción con el proceder de quienes ostentan posiciones de liderazgo.

Su correcto uso demanda que quienes ocupan altos rangos posean el perfil ético para avalar un orden acorde a los “valores corporativos”. Conviene evidenciarlos en cada ámbito, resolución y acontecimiento. Tienen que estar presentes en todos los grupos de interés; por lo tanto, estarán en los acuerdos de su directorio como en el desempeño de quienes laboran en ventas, marketing, logística, etc. y describir la relación con el público interno y externo.

De allí, la importancia que en los procesos de selección de personal y de ascensos, se evalúen con detenimiento los valores del postulante o candidato a un cargo de mayor jerarquía, con la finalidad de garantizar su coincidencia con los estándares institucionales. Sugiero coherencia conductual a fin de asegurar la vigencia.

“La importancia de fomentar los valores hace parte del ADN y la personalidad de la compañía, lo cual se refleja en los comportamientos de los colaboradores. Asimismo, permiten identificar si una persona puede adaptarse exitosamente a la compañía con su forma de ser y relacionarse con los otros”, afirmó José Manuel Echeverri, director de Recursos Humanos de la multinacional británica Reckitt Benckiser.

Los “valores corporativos” están en la mira con mayor intensidad de lo imaginado. Los actos ponen a prueba su validez. Así lo podemos constatar en el abogado de un estudio jurídico que alarga un juicio para no perder a su cliente; el médico de una clínica que somete a sus pacientes a chequeos innecesarios para aumentar sus honorarios; el profesor de una entidad educativa al que le copian su separata para dársela a un colega amigo de la autoridad académica; el turista de cuyo desconocimiento se aprovecha el hotel o restaurante para cobrarle sumas excesivas por un servicio, etc.

Tan solo observar el proceder del personal de atención al cliente permite deducir su existencia. También, debemos considerar como elemento determinante la atmósfera de trabajo y los niveles de confiabilidad y transparencia en la relación interpersonal entre sus integrantes. No se requiere un análisis complejo para deducir cómo se encuentran posesionados. Múltiples sucesos cotidianos explican sus reales alcances.

Es pertinente su incorporación en los códigos o manuales de ética y, con especial énfasis, entender su impacto favorable en el clima laboral, en el proceso de fidelización del colaborador, en la toma de decisiones justas y equitativas, en la atracción de socios estratégicos, en el sentimiento de confianza, respeto y credibilidad en la opinión pública, entre un sinfín de beneficios.

“Tus valores definen quien eres realmente. Tu identidad real es la suma total de tus valores”, son las expresivas aseveraciones del experto internacional Assegid Habtewold sobre las que aconsejo tomar conciencia y afirmar sus certeras implicancias.

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Redactado por Wilfredo Pérez, comunicador, consultor en protocolo, ceremonail y etiqueta.

02  de Mayo 2022, Perú

Categoría: Ética de Negocios

Referencia: WP02052022EN

Fotografia: matteo-vistocco

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¿QUÉ ES LA RESPONSABILIDAD SOCIAL?

Es frecuente escuchar diversos, confusos y distorsionados conceptos. Hay quienes dan disímiles interpretaciones a una filosofía que gradualmente ha evolucionado en el mundo. Al respecto, podemos identificar la Responsabilidad Social Individual (RSI) y la Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Cada una tiene sus indudables peculiaridades. Ambas contribuyen a cooperar en la resolución de las necesidades de un determinado contexto social y están enfocadas hacia el interés general.

Empezaremos describiendo la RSI. Está referida al compromiso brindado por una persona mediante tareas, cometidos y decisiones, de variada índole, en favor de su comunidad. Alude al “sentido de pertenencia” y, por lo tanto, a su involucramiento para brindar su intervención en iniciativas encaminadas al “bien común”.

Un cuantioso número de quehaceres cotidianos pueden marcar la diferencia y generar una conducta “socialmente responsable”. Por ejemplo, cumplir con pagar los impuestos, separar los desechos orgánicos e inorgánicos, dar mantenimiento a los vehículos para disminuir la contaminación, aminorar el uso de envases desechables o donar sangre de forma intencional. Tengamos presente: todas nuestras acciones repercuten y generan impactos, de un modo u otro, en nuestra sociedad.

El ejercicio de la RSI está relacionado con la madurez cívica y, especialmente, con los valores ciudadanos y democráticos. Aprender a sentir el entorno como parte integral de nuestras vidas posibilitará desarrollar innumerables actos de ayuda al prójimo a través de organizaciones no gubernamentales y altruistas. Ello implica salir por unos momentos de la “zona de confort” e integrarnos en el espacio en el que interactuamos para dar un aporte que, por más sencillo que sea, engrandece nuestras existencias.

Los programas de voluntariado son una magnífica opción. Consisten en actividades de interés asistenciales, educativas, culturales, deportivas o de conservación ambiental -desarrolladas por hombres y mujeres- ajenas a una dependencia laboral, funcionarial o mercantil en las que participan jóvenes, profesionales y adultos mayores. Estos quehaceres fortalecen la autoestima, incitan las habilidades sociales, facilitan adherirnos con nuestra colectividad, estimulan principios importantes en la conexión humana como la bondad, la tolerancia, la convivencia, entre otros de innegable valía para concebir una población con vínculos de hermandad. 

La RSE expresa la visión, misión y valores de la organización; destaca el respeto por los colaboradores y sus familias y la comunidad. Esta perspectiva es independiente de los productos o servicios ofrecidos, del sector al que pertenece, de su tamaño, características o nacionalidad. Es un indicador del espíritu de aportar valor. Ninguna compañía está forzada a convertirse en “socialmente responsable”; sin embargo, es un mandato moral insertarlo en su actuación.

Demanda generar dividendos financieros acompañados de obligaciones legales y éticas como respetar a los moradores y establecer un saludable nexo con sus distintos públicos y en los niveles en los que se articula. Permite compatibilizar su rol con los anhelos de su entorno y es congruente con la productividad, los sistemas de calidad, la transparencia, la reducción de costos, la obtención de beneficios o la afectación al medio ambiente. Descartemos la idea que la RSE exige elevados costos y complejidades.

Toda entidad, sin importar si es pequeña, mediano o grande, puede ser “socialmente responsable” a partir de la decisión de su más alta instancia; es decir, de las convicciones de quienes la conducen. Soslayemos asumirla como faenas efímeras y humanitarias ejecutadas en especificas coyunturas (celebración navideña, desastres naturales o colectas públicas). Debe reflejarse, de forma trasversal, en cada una de sus labores de manera permanente y sostenible, más allá de actividades filantrópicas; las que, por cierto, no constituyen el único modo de plasmar su ejecución. Corresponde mostrar un compromiso continuo con sus variadas audiencias: no siempre es así.

La RSE es un componente de la identidad corporativa que facilitará obtener favorables resultados en dos esferas: interna y externa. En la primera, genera un buen clima laboral, promueve programas de capacitación e incentivos, aviva un proceso de fidelización, alienta la igualdad de oportunidades, instituye sistemas de meritocracia, rechaza la discriminación, impulsa virtuosas prácticas empresariales, cumple con las normas jurídicas laborales, posee códigos o manuales de ética, etc.

En la segunda, concibe una imagen de credibilidad y confianza -además de sus consumidores- hacia la sociedad con la que construye una reciprocidad empática, solidaria y respaldada en una óptima convivencia. Al mismo tiempo de obtener acreditaciones, reconocimientos, atraer a profesionales exitosos, alimentar una vinculación armónica con proveedores, autoridades, gremios, entre otros.

Ser “socialmente responsable” conlleva invariablemente una conducción basada en sólidos principios tan requeridos de fomentar, alentar y restituir en estos lacerantes momentos en los que prevalece -como eco de una “cultura global”- la apatía, la insolidaridad y aislados sentimientos de unión. Todos estamos en condiciones de contraer un rol diligente en nuestro hábitat, inspirados en el propósito de colaborar en asuntos que demandan nuestra entrega, empeño y dedicación.

Es un imperativo que debemos emprender habitantes y corporaciones. En consecuencia, creo pertinente evocar las trascendentes y vigentes palabras del reconocido empresario, escritor e ingeniero norteamericano Jack Welch: “La responsabilidad social empieza en una compañía competitiva y fuerte. Sólo una empresa en buen estado puede mejorar y enriquecer las vidas de las personas y sus comunidades”. http://wperezruiz.blogspot.com/

 

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Escrito por Wilfredo Peréz, Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas

11 Enero 2022, Perúa

Categoria: Ética Empresarial 

Reference: WP110122EE

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LA “INCONVENIENCIA” DE LA EMPATÍA

La “empatía” es la extraordinaria capacidad de entender los pensamientos y emociones ajenas; es decir, de ponerse en el lugar de las demás y compartir sus sentimientos. No es necesario pasar por iguales vivencias para interpretar a quienes nos rodean. Es una herramienta orientada a intuir la innumerable y compleja diversidad humana.

La severa e indudable crisis existencial demanda formar una comunidad de seres empáticos, hábiles para respetar y aceptar al prójimo. Las personas empáticas son las que mejor leen a su semejante. Son aptas para captar información a partir del lenguaje no verbal, las palabras, el tono de su voz, la postura, la expresión facial, etc. y pueden saber lo que acontece dentro de ellas.

Esta empieza a ampliarse en la infancia: los padres resguardan las expectativas afectivas de los hijos y les enseñan a expresar los propios sentimientos y descubrir al entorno. La “empatía” es un potencial: por lo tanto, todos estamos en condiciones de impulsar su crecimiento y elevar nuestra calidad de vida con su aplicación. 

Asimismo, posibilita forjar una óptima convivencia y tolerancia en momentos en los que el individualismo y la apatía dificultan la relación humana. Hace factible el desarrollo de la solidaridad y, en consecuencia, motiva prácticas en favor del bien común. Una comunidad de hombres y mujeres empáticos revelará alto grado de sensibilidad, compromiso y emoción social.

Desde mi punto de vista, está enlazada con la “Inteligencia Interpersonal”, una de las ocho intelectualidades registradas por el renombrado profesor, investigador y psicólogo norteamericano Howard Gardner en su reveladora Teoría de las Inteligencias Múltiples que lo hizo merecer el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales (España, 2011).

Ésta permite distinguir los contrastes en los estados de ánimo, temperamento, motivaciones e intenciones, hace posible advertir los propósitos y deseos ajenos, aunque se hayan ocultado. También, trabajar con gente, asistir al prójimo para identificar dilemas y promueve la mutua interacción. Su incremento convierte al sujeto empático, refuerza un sobresaliente vínculo colectivo y faculta enfrentar las presiones, adversidades y contrariedades cotidianas.

La “empatía” facilitará resolver ilimitados conflictos en un medio abarrotado de egoísmos y mezquindades de variada índole. Su asimilación significaría renunciar a habituales niveles de indiferencia y, especialmente, salir de nuestra zona de confort para mirar al semejante con un talante comprensivo, libre de reproches y sentencias. De allí que, exige un cambio en nuestra manera de vernos a nosotros mismos y a los otros.

Su incorporación obligaría a asumir una postura flexible y ceder frente a situaciones en las que creemos ser “dueños de la verdad”. Generaría una sensación de aparente debilidad o falta de autoridad, según sea el caso. La “empatía” conlleva un proceso de comprensión, aceptación, reflexión y tolerancia.

En ocasiones al jefe de familia le es incompatible: aprendería a escuchar a sus hijos y admitiría que no siempre tiene la razón; sería autocrítico de sus reacciones autoritarias, prepotentes y negativas. Se vería obligado a emplear su intelecto emocional en reemplazo de su tradicional afrenta.

Para el encumbrado funcionario de una empresa exhibir un proceder empático sería perjudicial, en la medida en que reconocería las injustas condiciones laborales de sus subordinados, las arbitrariedades suscitadas a diario, el sentimiento de frustración existente y el funesto clima organizacional en desmedro de la productividad y fidelidad de sus colaboradores.

Análogo inconveniente encontrarían los empleados públicos, expertos en sórdidas maniobras y conductas temerosas, que dan la espalda a las necesidades del ciudadano y muestran una actuación propia de felones duchos en sombríos comportamientos con tal de asegurar su supervivencia en el aparato estatal. 

A un mortal curtido en celar a su pareja, sin importarle la alteración del estado anímico de la otra persona, ser empático significaría renunciar a tan infantil, posesivo e inmaduro proceder que muchos creen común para disimular su ausencia de seguridad y amor propio.

Lo mismo acontece con los individuos aficionados a la impuntualidad, ansiosos por jugar con su celular en la mesa en reuniones familiares o amicales, acostumbrados a efectuar preguntas impertinentes y, al mismo tiempo, hacer gala de deficientes modales, deteriorada higiene e imagen personal y gestos hostiles. Si tuvieran una simbólica dosis de “empatía” percibirían el malestar que suscitan a su alrededor con tan deplorable actuación.

Amigo lector: por un instante pensemos cómo sería su existencia y la de nuestros iguales si incluimos la “empatía” en nuestra agenda de vida y logramos convertirla en una cualidad inherente en el quehacer profesional, familiar y social. Estoy convencido que serían largamente superados los álgidos problemas que deterioran y colisionan el trato humano. Es un asunto impostergable al que debemos avocarnos a fin de generar una toma de conciencia encaminada a cambiar nuestro proceder.

Concluyo este aporte evocando las sabias palabras del médico y psiquiatra austriaco Alfred W. Adler: “Mira con los ojos de otro, escucha con los ojos de otro y siente con el corazón de otro”. Recuerde: está en nuestras manos alcanzar una supervivencia armoniosa, respetuosa y afable. http://wperezruiz.blogspot.com/

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Redactado por: Wilfredo PÉREZ RUIZ, Docente, consultor en organización de eventos, protocolo, imagen profesional y etiqueta, y escritor de ProtocolToday. 

19 de Septiembre 2021, Perú

Categoría: Ética de negocios

Referencia: WP190921EN

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PUNTUALIDAD: VIGENCIA Y ALMA DE LA CORTESÍA

Para numerosas personas la puntualidad carece de actualidad. Se percibe una aparente resignación, en todos los ámbitos y niveles, para admitir su ausencia como una novedosa característica cultural y social a la que debemos amoldarnos. No aceptemos, ni restemos importancia a su plena vigencia.

Reitero lo expuesto en otras ocasiones: renunciemos exhibir una reacción condescendiente frente a conductas lesivas a la sana y elemental convivencia humana. Jamás asumamos una respuesta dócil, sumisa y apática acerca de un proceder ante al que recomiendo sublevarnos como genuina expresión de respeto, autoestima y determinación. Sin ambigüedades marquemos la diferencia y, en consecuencia, rehuyamos contagiarnos de la abrumadora inopia imperante.

A mi parecer, es preciso y urgente exacerbar el espíritu de hombres y mujeres y, especialmente, despojarnos de esa sombra permanente y dominante de miedos, fragilidades y encubrimientos que acentúa nuestra penuria moral. Desistamos de la lacerante apatía y hagamos un esfuerzo solidario e inteligente para transformar nuestras conciencias y comportamientos.

Coincidamos en interiorizar la puntualidad en nuestras vidas. Su aplicación evidencia organización, empatía y capacidad para cohabitar en un marco de acatamiento a las normas garantes de nuestros derechos y de los ajenos. No es un simbolismo intrascendente o anticuado. Seamos capaces de revalorar su auténtica utilidad en el trato interpersonal y colectivo.

En tal sentido, conlleva extraordinarias ventajas: es sinónimo de eficiencia en las actividades que desempeñamos; ganaremos la confianza del entorno; exhibe disciplina, perseverancia y orden para establecer las prioridades de las acciones; se vincula con la fuerza de voluntad y sentido de responsabilidad; genera satisfacción y tiempo para nosotros; constituye una magnífica “carta de presentación”.

Innumerables semejantes recurren a la puntualidad por temor a la sanción o al descuento de sus honorarios; se debe evadir calificar su uso como una “camisa de fuerza”. Sugiero presentarse momentos antes de iniciar los quehaceres en la oficina para esquivar posibles tensiones generadas por su incumplimiento. Así estará alejado de remordimientos, llamadas de atención; su desempeño será percibido con profesionalismo. Este concepto incluye atender los compromisos y pactos en los plazos convenidos con el propósito de garantizar las correctas funciones de la empresa.
Con frecuencia hombres y mujeres apelan a incontables pretextos para justificar su desprovista puntualidad. No circunscribamos su valía a los cometidos laborales. Hagamos de su práctica una manifestación de miramiento y afabilidad. En la actualidad tenemos una amplia variedad de medios tecnológicos encaminados a describir la ruta más rápida para soslayar la congestión vehicular y despertadores, alarmas, etc. Es decir, contamos con mayores elementos para obviar infringir este afamado valor.

Si, por alguna razón, llega tarde a una invitación -de cualquier índole- aconsejo sortear decir en voz alta “disculpen la demora” y contar los aparentes entretelones de su demora, como sucede con asiduidad. Únicamente, busque el instante oportuno para aproximarse al anfitrión y dar sus excusas; no publicite su falta, ni distraiga la tertulia para intentar esclarecer su retraso, aun cuando existan justas motivaciones. Actúe con sobriedad, tino y sentido común; su proceder enaltecedor lo distinguirá.

Cuando estamos en la mesa comiendo e ingresa uno de los invitados, el anfitrión deberá indicarle su sitio y disponer tan solo servirle el plato que están disfrutando en ese intervalo. Se ha hecho habitual ofrecer el menú completo a quien acude con tardanza; es una equivocada y absurda consideración con quien posee la inelegancia de la impuntualidad. Tampoco el dueño de casa solicitará una explicación o dispondrá contactarse con el participante tardón. Debe éste comunicar su retraso y brindar explicaciones.

Reitero con énfasis lo expuesto en mi artículo “El valor de la puntualidad”: “…Cuando asista a un evento recuerde darse su lugar y no permita que lo hagan esperar como es costumbre. En los matrimonios la hora indicada en la tarjeta no coincide con la celebración de la boda. También, es ´normal´ en actividades oficiales que la autoridad principal llegue tarde y nadie exprese su malestar o se retire: típica actitud de sometimiento. Eso me trae a la memoria a una entidad (en la que laboro) que convoca reuniones de confraternidad y el anfitrión tiene la ´tradición´ de acudir tarde y, consecuentemente, no recibe a sus invitados a pesar que debe dar la bienvenida. En su oficina, encuentros de negocios, citas, etc. distíngase por su puntualidad y tendrá potestad para exigir igual retribución. Demuestre su autovaloración, si es que la tiene”.

Abrazo con firmeza e ilusión la esperanza que nuestro ejemplo de respeto y educación será recogido, secundado y apreciado. La suma de nuestras dignas, coherentes e insistentes iniciativas influirá, de modo determinante, en el anhelado cambio que estamos obligados a emprender para forjar una sociedad con un nuevo amanecer. Tenga en mente e inspírese en este clásico, sabio y nunca tan imperioso aforismo inglés: “La puntualidad es el alma de la cortesía”.

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Redactado por: Wilfredo Pérez Ruiz, Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas y escritor de ProtocolToday.
06 de Julio 2021, Perú
Categoría: Ética & Profesionalismo
Referencia: WP060721EP

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